Por masiva que haya sido la asistencia, no cabe el término éxito cuando millones de animales salvajes y miles de perros, reducidos a la condición de utensilios, perecen cada año a consecuencia directa de la actividad cinegética. Si el primer paso era hacernos oír, al menos en eso nos sentirnos satisfechos/as. Seguirán matando mientras quienes pueden no dicten normas que lo penalicen, pero ahora ya saben que tienen en contra a un cada vez más extenso sector de la sociedad, incapaz de permanecer indiferente ante la masacre. Seguimos, conscientes de que aún no hemos logrado nada. También seguros de que con vuestro apoyo, un día no muy lejano la caza y toda forma de maltrato animal se convertirá en un triste recuerdo del pasado. A nuestro favor reman el tiempo y la razón. A todos/as los/as que lo habéis hecho posible: gracias.
En su mirada desbordada de sangre, habría atisbos de humanidad. En su mirada inyectada de muerte, habrían inoculado bondad. En su mirada sujetada por el deseo ávido de dinero, habrían pagado con caricias.
Y los mansos galgos, los podencos mansos y sus amorosos ojos. Sus graciosas patas y su fina figura en el engranaje de la barbaridad inculta de matar por matar en aras de tantas absurdas disculpas, de regular lo que, en su sabiduría, la naturaleza hace con tanta perfección y sencillez.
Al mirar a sus hijos, niños, habrían descubierto que derramar sangre ni es justo, ni es bueno. Que los niños miran a los animales y sienten amor puro. Reconocen en ellos a sus compañeros, reconocen en ellos la ternura sin final.
Los galgos como sus niños, hijos, se asustan y tiemblan participando en el horror. Obligados, extorsionados, torturados. No amados.
Como nuestros hijos, niños, solo quieren ser amados y amar. Que para eso nacemos todos en esta tierra. Nacemos niños, sentimos y sabemos y conocemos lo humano. ¿Quién nos despojó del recuerdo, quién nos zambulló en ese olvido que nos hace capaces de tener un rifle en las manos y dispararlo contra un cuerpo, que nos hace ver la muerte, propiciarla, impasibles? Si el dinero es el dueño de la vida, si está por encima de ella, ¿cómo llamarnos humanos sin avergonzarnos?
Si la ignorancia es la madre de la crueldad, sacudamos las carnes de esta madre tan ciega y espantosa tan purulenta y vomitiva. Aneguemos su vagina para que sea ya infértil. Que todos los hijos de los hombres tengan por madre a la sabiduría que cercena la amnesia que nos ha apartado de reconocernos.
La sabiduría ha dado a luz a toda la naturaleza. Que la primavera reverdezca en nosotros y nos haga flor. Que la belleza nos vista de amor.
Entonces habrá humanidad entonces habrá bondad entonces habrá caricia.
La ignorancia, postiza nodriza, será despedida para siempre. Y no habrá más sangre inocente, derramada inútilmente, brutalmente. La ignorancia ha muerto, ¡viva la vida!
Un fuerte hedor, seguido de un escalofrío recorriendo todo mi cuerpo, terminó con mi paseo matinal.
Era un día soleado, me había levantado con especial alegría, el verano rebosaba vida y con él, mi pasión por vivir. Múltiples seres compartían mi caminata haciéndola más agradable y placentera. El monte verde embriagaba mis sentidos.
Cerca de mí, olfateaban despreocupados, como si el mañana no existiera, dos entrañables amigos. Yo bípedo, ellos cuadrúpedos, los tres agasajados por un sol que apenas entendemos.
Al poco de cruzar el río, mis compañeros, guiados por ese sexto sentido que tanto deseamos poseer los humanos, y jamás tendremos, temblaban petrificados, con el rabo entre las piernas, me miraban, quizás buscando una explicación que no podía darles, o simplemente para sentirme cerca.
A mi alrededor, las hojas ya no eran tan verdes, el canto de los pájaros sonaba a un triste adagio, a despedida y fin.
Mi dolor se materializó en una cronestesia atemporal convertida en un Upsala eterno.
<< Decenas de cadáveres, algunos apenas sin oportunidad de llegar a ser mujeres ni hombres, colgaban de centenarios y majestuosos árboles, algunos sin ojos, otros sin extremidades, todos me observaban y chillaban.Sentía frío, el sol me había abandonado, haciendo más gélidas las gotas de sangre que recorrían mi cuerpo desnudo. Mientras anudaban la áspera cuerda a mi cuello descubrí que mis mejores amigos estaban siendo atravesados desde el ano hasta la boca, por un afilado hierro, giraban y giraban. Risas y olor a quemado fueron las últimas sensaciones que sentí antes de caer en el letargo del que ya no desea entender, solo morir>>
El hedor me devolvió al presente, un compañero colgado por una soga ensangrentada, me miraba y parecía chillarme.
Aún aturdido, incrédulo. Me acerqué despacio a su cuerpo inerte, cerré sus ojos y su boca cubierta por una capa pardusca de sangre y babas secas.
El sonido de mis uñas rasgando la cuerda que aprisionaba su cuello, ahogaba el viento, que un intento de ayudarme, calmaba el dolor de mis dedos, de mi corazón.
Cinco minutos de nuevo, cinco minutos para acabar lo que otro humano sin empatía ni conciencia comenzó. Viviendo cada instante de su dolor, el miedo al ser elevado, los primeros gemidos de desesperación, como el calor se sube a la cabeza, los oídos dejan de funcionar y parece que van a explotar, las patas se vuelven piedras que cortan los músculos. Todo esto hasta perder el conocimiento ante la falta de oxígeno en los pulmones, terrible agonía el «bailar sobre la cuerda» en un intento desesperado por salir del propio cuerpo, hasta terminar asfixiado.
Al finalizar de cavar, me derrumbé, caí de espaldas sobre el montón de tierra que iba a ser la última morada de mi compañero. La soga rasgada aún se movía, recordándome que en algún otro lugar, no muy lejos de allí, a otro compañero, se le estaría anudando otra cuerda al cuello.
De nuevo llantos, ya no distinguía si provenían de mi cuerpo, de mi mente, o del cadáver que yacía a mi lado. Mis inseparables amigos, que habían vivido todo el proceso con la tristeza y curiosidad que se siente ante la muerte de un igual, arrastraban un saco marrón y sucio. Al abrirlo, varios ojos observándome asustados.
– No tengáis miedo, ya tenéis una familia- les susurré mientras sus pequeñas y gráciles lenguas me daban la bienvenida a su nueva vida.
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